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Viernes, 18 de marzo de 2005

La que Revela, por la Duquesa de Calibánn

Todo empezó con aquella nevada. Tan inesperada como extraña, la nieve cubrió de pronto tejados, calles, coches, jardines y barrió los colores de la ciudad. Elsa, Marta y yo salimos de casa.



La pequeña Marta tomó un puñado de aquel súbito regalo celestial. Estaba sucia. Me asusté al ver las manchas marrones entre el blanco. Elsa temblaba. De todas mis amigas, era la más tímida, casi cobarde. Tenía miedo a las arañas, a las alturas, a los espacios abiertos, a los atroces cómics que dibujaba Marta, llenos de criaturas demoníacas de nombres extravagantes, y que a mí siempre me habían hecho gracia, pese a que decía sacar la inspiración de sus sueños, pero sobre todo a la gente, algo que jamás había podido entender. Al ver su expresión de terror supe que aquel día añadiría una nueva fobia a su colección. A mí me encantaba la nieve, pero verla caer en pleno junio, cuando nadie había avisado de su irrupción, me inducía idéntico sentimiento que a ella. Marta era la única que jugaba, en silencio, sin hacer comentarios. No parecía preocupada. Desde niña presumía de tener un policía en la familia. Daba la impresión de que el oficio de su padre le proporcionaba una seguridad insólita y desmedida. Elsa también temía al padre de Marta, de un modo que yo consideraba irracional. En su presencia su rostro se tornaba pálido. Le miraba a la pistola. A mí tampoco me gustaban las armas.
Me extrañó que no hubiera ni un alma en la calle disfrutando del espectáculo. No tenía frío, a pesar de la nieve. Nos encontrábamos el final de la calle, cerca del parque donde nos reuníamos desde niñas. El horizonte estaba extrañamente luminoso. Sobre los cerros que rodeaban la ciudad, y que eran visibles casi por completo, estallaban decenas de luces blancas. Marta, sonriente, dijo algo sobre una aurora boreal, y que le gustaría ambientar algún cómic con esos colores. Elsa murmuraba frases entrecortadas de las cuales solo extraje las palabras "fin" y "mundo". Empecé a pensar que nos encontrábamos inmersas en una situación anómala. Traté de racionalizar, de buscar una explicación para aquellos fenómenos, pero las luces del cielo llenaban mi mente, y anulaban todo atisbo de actividad lógica. De pronto, Elsa gritó. Del horizonte se habían desprendido tres luminarias de largos destellos, que recordaban a las estrellas de los nacimientos. Desee que mi intuición fuera errónea, pero los tres destellos se dirigían hacia nosotras, como buscándonos. Elsa echó a correr. No sirvió de nada. Fue la primera a la que atraparon. Atónitas, Marta y yo vimos como se elevaba la luz con su figura esbelta y temblorosa encerrada, como un espécimen conservado en formol por algún sádico coleccionista. No pasó mucho antes de que otras dos estrellas nos llevaran a nosotras también. Fuimos volando sobre la tierra, en medio de la nevada, como tres copos más que el viento arrastrara con mansedumbre, revoloteando, subiendo y bajando, de modo errático.
Cuando quisimos darnos cuenta, habíamos llegado a un lugar desconocido, de paredes negras como las de una cueva, y tan altas que era imposible distinguir su final. Había una persona allí: una mujer vestida de blanco. Salimos de las estrellas. Esa mujer nos recibió con un rostro inexpresivo. En susurros nos explicó que eligiéramos entre ser ángeles como ella para recolectar almas o volver a la tierra con una nueva personalidad. Elsa, abrazada a mí, lloriqueaba, mientras decía una y otra vez: "¿Qué hacemos aquí, qué ha ocurrido?" Yo no tenía respuestas, y también me hacía preguntas que sabía inútiles. Marta ya había perdido la sonrisa. "No hay tiempo para elegir: el tiempo pasa muy deprisa en la tierra. Ya no hay nada qué hacer. Demasiado tiempo...", musitó el espíritu que a mí me parecía tan carnal y real. Nos quedamos mudas. El ser se dio la vuelta y desapareció tras una pared. Estábamos recluidas en una especie de habitación. Por algún motivo yo parecía entender mejor nuestro nuevo estado. Imaginé que habíamos muerto y que ese sería nuestro hogar eternamente. Sólo con palabras muy medidas les transmití a mis amigas tales conjeturas, tan descorazonadoras. Marta no lloró, como si la esencia de la post-humanidad ya la hubiera contaminado del todo. Sin embargo, alguna emoción conservábamos, pues Elsa seguía acurrucada, derramando lágrimas; y yo misma me inquieté cuando se abrió la puerta y aparecieron en fila varias criaturas. Marta las señaló con el dedo, mostrando pánico por primera vez. "Son ellas, ellas...", gritaba. Tanto Elsa como yo entendimos la razón de su espanto. No eran rostros desconocidos para nosotras. La noche anterior Marta nos había mostrado la historieta que estaba dibujando, donde aparecían, una en cada viñeta de la portada, esas mismas mujeres. Meterela Batarinecle, la que revela, Ardura Besirineba, la que susurra en la agonía, Unidaira Galisimere, la de los dos caras cosidas por las mejillas... Todas tenían maquillajes espantosos, como si se les hubiera corrido la pintura de los ojos y los labios, que era azul, como el colorete, lo que les daba apariencia de cadáveres lívidos o de furcias pasadas por agua. Eran tan monstruosas como las había pintado Marta, que apenas daba crédito a la visión. Desfilaron delante de nosotras, como para aterrorizarnos. "Por favor, dígannos algo. ¿Qué está pasando? Explíquennos qué ocurre. Se lo suplico", gemí, luchando contra mi miedo y mi repugnancia, al ver que terminada su procesión, se dirigían de nuevo, con pasos parsimoniosos hacia la salida. Meterela Batarinecle se giró, mientras las otras seguían su caminata fantasmal. Me miró y me quedé helada. "Ella puede mostrarnos lo que pasa en la tierra. Pídele que nos diga qué ha sido de nuestras familias", suplicó Marta, con voz débil, recordando las prerrogativas de las mujeres azules. Yo me sentía tan abrumada que apenas podía concebir volver a dirigirme a aquel ser de la mirada ausente. Pero no hizo falta decir nada. "Yo os enseñaré todo lo que sucede", musitó con apatía, que en algún instante me pareció cercana a la dulzura y la condescendencia. Pensé que dada nuestra situación, que ellas se avinieran a complacer nuestros deseos era síntoma de que las cosas podrían mejorar. En una de las paredes, surgieron imágenes como si fuera un cine. Marta reconoció la figura apuesta y uniformada de su padre. Se regocijó. Yo también esbocé una sonrisa. En el otro lado todo parecía tan normal. El policía patrullaba con su compañero; era de noche, y las calles parecían todas iguales, silenciosas, oscuras y monótonas. Elsa no miraba, pero yo tenía los ojos fijos en aquella vislumbre de la vida que habíamos dejado atrás. Marta decía "papá, cuánto te quiero", pegándose a la pared donde se desarrollaban las escenas. Me di cuenta de que algo malo ocurría. Marta lo notó también. Su padre se bajaba del coche para deshacer una pelea entre jóvenes en un descampado. Meterela Batarinecle seguía a nuestro lado totalmente ida, como una estatua o un cadáver puesto en pie. Una navaja relució bajo una triste farola. Antes de que la hoja se clavara en el cuerpo del padre de Marta tanto ella como yo supimos lo que iba a ocurrir. Sentí el dolor de Marta como si fuera el mío. Nada de lo que estábamos viviendo tenía sentido. Mi amiga gritaba una y otra vez: "no, no, no". La aparté para que no siguiera contemplando cómo los delincuentes torturaban a su padre entre carcajadas. Por suerte, las escenas se fueron como a un fundido a negro. Lo malo es que no duró. "Eso no ha sucedido", gemí, pues me había percatado de que en la agenda que abría el padre de marta al inicio de la visión era veinte de diciembre de dentro de dos años. Meterela pareció mostrar una mínima confusión. "Es lo que sucede", se defendió, y señaló a la pared. "Ellas no distinguen entre el presente, el pasado y el futuro", sollozó Marta. "No quiero saber nada más; que nos dejen en paz. No puedo hacer nada para ayudar a mi padre". Esas palabras de resignación me llegaron muy dentro. Pero Meterela seguía mirando a la pared. No tardaron en regresar las escenas. Vi a Elsa. Era una niña, de modo que no podía ser el presente. Como siempre, caminaba recelosa por la calle oscura, de regreso a su casa, tras haberse separado de nosotras. Recordaba bien aquella noche. Habíamos ido de fiesta a un pueblo cercano. ¡Qué bien lo habíamos pasado juntas bailando y gastándonos bromas con la despreocupación que da la adolescencia! La Elsa de las imágenes había empezado a correr. Había escuchado unos pasos. "Por favor, no", gritó la Elsa real, mirando a La Que Revela. "Por favor, se lo suplico". Pero la escena continúo hasta su final dramático y escalofriante. Un hombre desconocido atrapaba a Elsa, le desgarraba la ropa y la violaba, mientras ella gritaba con desesperación. Los sollozos de la niña destrozada del pasado se mezclaron con los de la que se arrastraba a los pies de Meterela. Me sentí fatal, como si la violara por segunda vez al contemplar aquel episodio que jamás nos había contado. Nunca hubiera deseado saberlo. Era tan terrible. Entonces temí que aquella criatura incapaz de distinguir entre el pasado y el presente, incapaz así mismo de sentir compasión o de percibir nuestro dolor sin límites, fuera a sacar a la luz alguno de mis secretos. En efecto, fue lo que hizo a continuación. Marta y Elsa, sumidas en sus tragedias, apenas prestaron atención a mi aventura ilícita con el profesor de matemáticas, que era la causa de mis excelentes calificaciones. Quise morirme al verme desnuda en sus brazos, bajo sus jadeos y babas. La vergüenza me hacía desear la muerte. Nuestros sentimientos se exacerbaban en presencia de La Que Revela de un modo que podría calificar de exagerado. "No os preocupéis: yo os mostraré lo que ocurre. Satisfago vuestros deseos de saber", repetía al vernos llorar, insensible a nuestras peticiones de clemencia.
No sé cuánto tiempo llevamos en el infierno reviviendo nuestras vidas, despojadas de intimidad, y sufriendo las desgracias de nuestros seres queridos en lo que era futuro cuando vivíamos, y ahora quizás sea pasado. Meterela Batarinecle, criatura angélica, desea tranquilizarnos con las visiones, y lo único que consigue es atormentarnos. Esto será para toda la eternidad, pero aún no sabemos qué es lo que ocurrió. Y creo que nunca, si es que esa palabra tiene algún sentido en este lugar, lograremos averiguarlo. Mientras, ahora, entonces, sufrimos

Por: Imparcial de Arberia | Relatos | Comentarios (7) | Referencias (0)

Comentarios

Querida Duquesa de Calibánn, querida amiga, tú siempre tan rápida en intervenir y exhibirte públicamente sin tener en cuenta la discreción y recato que siempre deberías tener presente como miembro de la aristocracia. Mi único consuelo ante tal alarde de mal gusto es recordar que mientras tú perteneces al Cantón de Castalia yo lo hago al de Transvalia, lo cual pone una más que agradable distancia entre nosotras. Procura tener más decoro en el futuro, es un consejo de amiga.

Duquesa de Comelitche | 18-03-2005 14:02:20

Estimada prima, ya conoces mis inquietudes literarias. Hay cosas que no se pueden reprimir. De todas formas, se nota que no entiendes mucho de arte, cuando no has apreciado esta sutil muestra de buen hacer literario. Por cierto, está muy hermoso el Comelitche en esta época del año. ¿Ya has ido a esquiar a la estación de Tuidel? Espero que reparen pronto el puente de Comelitche.

Duquesa de Calibánn | 18-03-2005 14:02:39

Queridísima amiga y prima, el arte no tiene nada que ver en esto, de hecho en ningún momento he menospreciado tu obra, que ni siquiera he leído, sino la inconveniencia de que una Duquesa de Arberia, parte de la más alta aristocracia, exhiba públicamente lo que pasa por su mente. En cuanto a la reparación del puente de Comelitche, anunciarte con satisfacción que pronto se iniciarán las obras destinadas a devolverle su legendario esplendor. Como sé que no era tu intención buscarla, te envío una cordial invitación a pasar este fin de semana esquiando conmigo en Tuidel, así podremos hablar de la conveniencia o no de exponer al pueblo tu obra en lugar de hacerlo mediante un tomito que recoja toda tu producción y se venda exclusivamente entre las personas de nuestra clase. Pd: En breve leeré tu relatito.

Duquesa de Comelitche | 18-03-2005 14:03:01

Gracias, dilecta amiga. Sé que estas no son líneas para derrochar entre el bajo pueblo. Pero tengo varios relatos más, fruto de mi creatividad rebosante, esa que me supura por todos los poros, que quizás publique para deleite de las masas, aun sabiendo que me expongo a la incomprensión de seres incapaces de asimilar los altos conceptos y la refinada prosa de mi pluma cibernética. En cuanto a tu invitación para esquiar, me lo pensaré. Los Montes Serratos están preciosos en Semana Santa, y podremos asistir incluso al Festival Popular del Silbido de los Valles, que sé que es tu debilidad.

Duquesa de Calibánn | 18-03-2005 14:03:20

Oh, querida, queridísima amiga y prima, por fin he tenido ocasión de leer tu relatito. Ahora comprendo lo que te impulsa a entregarlo a los infames ojos de las masas, y no sólo te comprendo, es que además te animo a continuar tu elogiable labor de culturizar al pueblo llano, a pesar de las dudas que tengo acerca de su capacidad de comprensión de tu Obra. Ah, cómo me conoces, prima, por supuesto, estoy deseando que acudamos juntas al Festival Popular del Silbido de los Valles, que es, junto a mi amado Cantón de Transvalia, una de las pasiones de mi vida. Sugiero que tu secretaria se ponga en contacto con la mía para concretar el día en que nos reuniremos en los Montes Serratos.

Duquesa de Comelitche | 18-03-2005 14:03:40

LA DUQUESA DE CALIBANN, AGRACIADA CON LA NOMINACIÓN DE DMA ILUSTRE DE LA CASA REAL MEROVINGIA DE DAVID-TOULOUSE-GÉVAUDAN, PROGENIE IN PROGENIE DAVIDICAE IN OCCITANIA

El Conde de Rio Mende | 27-03-2005 23:53:23

Gracias, Conde, jajaja. Dama de la Casa Real Merovingia, suena bien...

Duquesa de Calibánn | 31-03-2005 08:39:50

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